
Érase un vez, el instante en el que accedimos
a envasar identidades, a etiquetarlas y a ordenarlas. Firmes.
Lo importante: ahí quedaron. Inamovibles.
Como monitos, golpeamos aquello que queremos romper, para que se abra y se deje.
Identidad embotellada| lastimosa insistencia.
Hasta que un día,
un dedo brujo, abrió el ojo.
Y pudimos ver, que no (se) para ni afuera, ni adentro.
Que se esconde, se arrastra, bailotea, se disfraza.
Da giros.
Retuerce y Estalla.
Los bolsillos no la atan.
Cada contacto, la nutre y la desteje.
Y lo importante: siempre continuará...