-Okinawa, Naha. En algún boliche de ritmos latinos-
Quién sabe por qué motivos, se encontraron allí. Bailando una rumba.
Los centímetros que a él le sobraban de altura. A ella le andaban faltando desde los 15 años. Y sin embargo, esa no sería la única distancia que aplastaría las posibles coincidencias.
De Puerto Rico, él. Identidad revuelta -para nada resuelta-, la de ella.
Podría haber quedado todo en una simpática anécdota, de no ser por las palabras y preguntas que asistieron a la danza para acompasar los prejuicios a los movimientos.
Seguramente se habrán dicho los nombres, y las respectivas edades.Ella 21 (si, lo sé parezco de 16); Él 19 (¡Qué? ¡está hecho mierda! parece de 30 y pico).
Posiblemente después de aclarar el estado civil de cada uno, se embotaron los espacios y las cabezas bajaron sus persianas...
Ella, corazón habitado. Él...a él, no le era fácil remendar este punto. Era de las bases norteamericanas (plagas en tierras okinawenses), estaba esperando ser enviado al campo de batalla, allí por medio oriente donde siempre hay algún recurso natural -historia conocida para latinoamerica- que reclama "nuevo dueño" y justifica el montaje de una nueva guerra . Y cuando tu principal ideal es combatir por los ideales de la Nación(Nacido en puerto rico, colonia yanqui, morir por los yanquis, ¿cuál es tu patria?)...no queda espacio para el amor, u otros sentimientos que estorban en las conquistas. Para él matar al enemigo, era un deber, y algo natural. Sin remordimientos, decía que tenía la habilidad de recordar los rostros de las personas... (ojalá fuera para tener dulces recuerdos de otros que se van paseando por tu vida... ¿mirarás las caras antes de volarles la cabeza?)
Asi fue que ahora ya no tenía sentido aprender a bailar la rumba. De afuera se verían dos personas compartiendo el ritmo. De adentro, tantas cosas...
